Me encanta el material de oficina. Desde niño.
Recuerdo ir a alguna papelería del pueblo y quedarme muchos minutos mirando lápices, bolígrafos, cuadernos, etc. Soñaba con ir un día y que la dueña de la tienda me dijese «llévate lo que quieras, yo te invito».
Tenía un estuche bastante completo que iba procurándome con el paso del tiempo, poco a poco, porque en casa no había mucho dinero. Tenía varios tipos de bolis y también de lápices de diferente dureza, algunos repetidos, los que más usaba.
Un día, un compañero de clase me pidió que le dejase uno. No éramos amigos, solo compañeros de aula. Le dije que sí con la condición de que me lo devolviese al terminar la jornada. Así lo hizo, al acabar, se acercó, me lo devolvió y me dijo:
—Va muy bien, mejor que los míos, veo que tienes más, ¿me regalas uno por favor?
Me quedé a cuadros. ¿Cómo se atrevía? «Cómprate uno, no te jode», pensé.
Pero… no sé qué pasó a continuación, porque se lo terminé regalando.
Él, durante las siguientes semanas, me daba una parte de su merienda (normalmente galletas o trozos de bollos), cromos repetidos de Panini de la liga de fútbol, tazos y canicas. Nos hicimos amigos.
Un día, tuvimos la siguiente conversación:
—¿Cómo tuviste el morro de pedirme que te regalase mi lápiz?
—No sé, me gustó mucho. Te lo pedí y ya. Si no me lo hubieses dado me habría quedado igual que como estaba antes. No tenía nada que perder. Pero mira, me lo regalaste y ahora somos amigos.
—¿Era eso lo que buscabas? ¿Que nos hiciésemos amigos?
—No, eso simplemente pasó.
Chico, de verdad, hazme caso: acostúmbrate a pedir, no tienes nada que perder, y Dios sabe lo que puedes llegar a ganar.
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FUERZA Y PAZ
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