La verdad es que a veces pasan cosas jodidas en la vida, a veces incluso sin merecerlas en absoluto.
Y ante la ausencia de una explicación racional de la que hacernos cargo, sólo nos queda la opción de soportar con dignidad la porción de sufrimiento y dolor que nos toque. Sólo “son cosas que pasan, así es la vida”.
En el peor de los casos, siempre podremos hacernos más fuertes.
La fortaleza interior: eso que no le sobra a nadie nunca.
Trabajamos demasiado para tan poco.
Tan poca es la recompensa que quita el sentido al sacrificio que se hace.
El otro día vi que muchas familias se ven obligadas a alquilar habitaciones de sus hogares para poder pagar la hipoteca o el alquiler.
No me jodas. Hay que meter en casa a un extraño que tampoco se puede costear una vivienda para poder costear una vivienda.
El mundo se va a la mierda por cosas así.
La indignidad sólo genera más indignidad.
Un país donde un individuo que trabaja no puede pagarse una vida autónoma y libre debería arder hasta la ceniza para después volver a empezar desde cero.
Un mundo en el que para poder tener acceso a una hipoteca necesitas una cantidad improbable de dinero ahorrado es una broma. Una broma pesada.
Una que no tiene ni puta gracia.
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