Hace unas dos semanas aunque seguramente hace algo más que esto se viene gestando en mi interior. Estaba paseando con mi hijo Christian. Para evitar aglomeraciones nos fuimos por un barrio que no está muy lejos de casa. Un barrio que me vio merodear muchos años durante mi infancia ya que estaba entre el taller familiar de tapicería y la casa donde me crié.
Este punto es importante porque, en mitad del paseo le dije a Christian «Yo he andado estas calles miles de veces», a lo que mi hijo preguntó: «¿Cómo eras tú cuando eras pequeño papá?».
En ese momento, en ese lugar, esa pregunta hizo saltar todos los engranajes de mi mente. O quizá los hizo encajar a la perfección. O quizá encajaron porque antes saltaron por los aires.
Por un momento sentí ese fluir y esa paz que siente uno cuando es lo suficientemente niño como para no tener preocupaciones apenas. Además me fijé en que las aceras eran exactamente las mismas que yo había ya pisado 30 años atrás. Las fachadas de la mayoría de casas eran las mismas aún. Los árboles, las tiendecitas y los postes de luz igual. Sentí un vuelco en el corazón. Se me hizo un nudo la garganta. Quizá tuve una revelación. No lo sé. Pero sé que ese momento será clave para lo que me queda de vida.
Volviendo a la pregunta de Christian, le respondí: «Pues es curioso, porque las cosas no iban demasiado bien pero… yo era un niño muy feliz, me recuerdo así«. Obviamente me preguntó el por qué. Le contesté: «Pues porque no me preocupaba nada cariño, me levantaba, iba al cole, volvía a casa, comía, miraba los dibujos, luego iba a mi entrenamiento de futbito, volvía, cenábamos, jugaba con el perro, jugaba a los videojuegos, leía algún cómic o algún libro o revista de tu abuelo y me iba a dormir. Aún con todo, los días se me hacían un trago dulce y suave«.
Siguió: «¿Pero no has dicho que no todo iba bien?«.
Contesté: «Es que era así, seguramente iban más cosas mal que bien, en 1992 hubo una crisis brutal y apenas teníamos dinero. Quizá la clave era que cada día había algo que arreglar, y por eso no podías pensar en el problema del día anterior ni en el que podía suceder al día siguiente…«.
Me puse a pensar durante ese mismo paseo. Sobre todo me rondaba la siguiente cuestión: «¿Por qué era tan feliz si la situación no era buena en general?«.
Pensé: «No sé muy bien por qué. Tampoco conseguía gran cosa, era muy inteligente pero no era el mejor alumno de la clase, jugaba bien a fútbol pero no era el mejor tampoco ni ganábamos siempre, dibujaba bien pero casi nadie lo sabía… de hecho no tenía ningún objetivo con esas cosas pero me gustaba hacerlas. Un momento… no tenía ningún objetivo… Pero me gustaba hacerlas… Ningún objetivo… gustaba hacerlas«.
Y ahí mi mente derrumbó muchos muros que ni sabía que estaban ahí. No daba abasto con lo mucho que me cuadraba todo. Lo muchísimo que entendía ahora mis peores momentos en la vida, mis mayores infelicidades, inseguridades, ansiedad y angustia. Tenía tanto que pensar… y sigo teniendo tanto que pensar. Es emocionante.
Las preguntas eran (y son) enormes y numerosas. ¿Puedo vivir sin objetivos realmente? ¿Y si necesito algo para que mi vida sea mejor? ¿Es mejor ir a por ello o no necesitarlo? ¿Cómo sería una vida sin ambición? ¿Se puede seguir haciendo cosas sin tener objetivo alguno? ¿Puedo seguir mejorando en algo si no tengo una meta? ¿Cómo podré quedar conforme de algo si antes no le he adjudicado un final? ¿Cómo sabré si he llegado o si he tenido éxito?
Y la pregunta clave: ¿Qué cojones es entonces el éxito?
Seguiré otro día en una tercera parte. No te vayas lejos.






















