Tenía un amigo, a los once años.
Su padre bebía y, sin motivos, le pegaba de vez en cuando. Sobre todo bofetones.
Eso me contaba él.
Hasta que un día lo vi en persona. Me puso la piel de gallina y me heló la espalda.
Estábamos jugando, sin hacer nada malo. Su padre lo llamo a la cocina, sin más. Mi amigo fue y yo, por una apertura de la puerta, pude ver lo que pasó. Su padre le levantó el dedo, como acusándole. Luego, le dio una bofetada. Finalmente le hizo un gesto como diciendo «ahora puedes volver a lo que estabas haciendo.»
Mi amigo se sentó y reanudó el juego donde lo habíamos dejado. Sin mencionar nada ni hacer el más breve comentario. No sabía si estaba disimulando.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—¿Eh? Ah, sí. No pasa nada —contestó, como si al principio no supiese de lo que le estaba hablando.
Es alucinante lo que el ser humano es capaz de normalizar y enterrar dentro de sí mismo.
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FUERZA & PAZ
