Ayer viví la siguiente conversación:
—Joan, ¿hay algo que podría hacer que dejases de creer en Dios?
—No. Nada.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Por qué?
—Porque… ¿cómo iba a dejar de creer en algo que sé que existe, algo que siento todos los días que existe?
—¿Eso es lo que sientes? ¿No tienes ninguna duda?
—Ninguna. Lo siento todos los segundos de mi vida.
—¿Y si te pasase algo muy malo?
—¿Me preguntas si dejaría de creer en el caso de que me sucediese algo malísimo?
—Sí.
—En tal caso, quizá, podría no entender el porqué, podría incluso enfadarme o entristecerme con Dios pero eso no implicaría que dejase de creer que existe.
—Joan, pero tú has pasado por cosas muy jodidas… ¿nunca te has enfadado con Dios?
—No. Nunca.
—¿Por qué?
—Porque era precisamente en esos momentos cuando más lo necesitaba, cuando más necesitaba su consuelo y fortaleza.
50/1000
FUERZA Y PAZ.
PD: Sobre Dios hablamos casi todas las semanas en mi mentoría grupal. Aquí tienes toda la información y una sección de PREGUNTAS FRECUENTES.
