Le has pedido algo a Dios y aún no lo has recibido.
Comienzas a temer que nunca te lo llegue a dar.
Es normal.
Pero tienes que tener fe. Sobre todo en momentos así.
Tienes que seguir confiando en él.
Y ya no para convencerte de que te acabará dando lo que deseas, sino para recordarte a ti mismo que Dios es perfectamente bueno y justo. Y que si no te da lo que deseas ahora, es porque tiene un gran motivo para no hacerlo. Uno cuyo primer beneficiado eres tú.
A Dios le entristece no darnos lo que queremos y deseamos, como buen padre que es, pero… precisamente, como buen padre que es, no puede darnos lo que quizá no sea bueno para nosotros. Lo entendamos ahora o no, lo entenderemos el día de mañana.
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FUERZA Y PAZ
