Jugué a fútbol hasta los 18.
Y siempre de titular. Era de los buenos.
Un año se apuntó un chaval y dijo que jugaba de defensa, en concreto de lateral diestro.
La cosa es que ya teníamos uno que llevaba años jugando ahí, inamovible. No porque fuese muy currante, sino porque era muy bueno.
El nuevo tenía actitud, pero no tenía la calidad del otro.
El entrenador, apreciando la disposición del nuevo, le dijo que sí quería jugar podría hacerlo con más posibilidades en otra posición, pero él dijo que no, que él era lateral derecho, que era ahí donde era bueno.
Y, claro, chupó banquillo a lo grande durante muchos partidos seguidos.
Pero él estaba tranquilo, como si estuviera esperando a algo que sabía que acabaría sucediendo.
Con el paso de los meses fue mejorando. Entrenaba como una bestia. La mitad del equipo le cogimos manía porque nos dejaba en evidencia en los ejercicios más físicos. Un día, antes del partido, el entrenador lo escogió a él para ser titular en el lateral derecho. Todos alucinamos pero, en el fondo, creímos que solo era un premio momentáneo a su esfuerzo entrenando. Fuese como fuese, hizo un partidazo. No paró de correr, arriba y abajo, fue una locura. No tenía la calidad del otro, pero parecía mejor.
Al siguiente partido, volvió a ser titular. Y no dejó de serlo en toda la temporada. El anterior lateral diestro, al que le quitó el puesto, se marchó del equipo.
¿Cuál fue su truco? ¿Cuál fue la clave de aquello?
Las ganas que tenía de ser titular. Lo quería con toda su puta estampa. Lo quería mucho más que el otro.
Nada más.
268/1000
FUERZA Y PAZ

