Salí del colegio, arrastrando los pies. Quedaba poco para terminar el curso y estaba hartísimo de las clases, de las notas, de los profesores y también de la mayoría de los compañeros.
Me dirigí hacia el taller, la tapicería familiar, pensando en el hambre que tenía y, de nuevo, en lo harto que estaba de todo.
El camino que llevaba al taller estaba sin asfaltar, era de grava gorda gris blanquecina, levantaba mucho polvo, daba mucho calor y pasaba por encima de un torrente que quedaba al descubierto a los lados. Hacía como de puente en ese tramo.
Siempre que pasaba por ahí me asomaba al torrente. Estaba sucio, casi seco salvo por algún charco de dudosa procedencia, olía a orín y se oía a algunas ranas croar. Nunca vi nada ni pasó nada al asomarme, pero ese día fue distinto. Al asomarme vi a un hombre tumbado.
Tendría unos 50 años, puede que menos ya que a los niños todos los adultos les parecen más viejos de lo que son. No llevaba zapatos. La ropa estaba sucia y llena de agujeros y rasgones. Parecía muy pobre pero también estaba muy gordo. «Igual está muerto, en clase nos dijeron que los muertos se hinchan como un globo», pensé porque no me cuadraba verlo tan pobre pero tan gordo a la vez, ¿acaso los pobres pueden comprarse tanta comida?, me dije.
Tosí para ver si hacía algo. Lo hice cinco veces, cada vez más fuerte. Pero nada. No se movía y no podía ver si respiraba o no. Pensé en tirarle una piedrecilla: «¿Y si no está muerto? Si le tiro una piedra y no está muerto igual sube y me da una tunda», me dije. Así que opté por ir a avisar a mi padre.
—Papá, creo que hay un tío muerto en el torrente.
—¿Qué coño dices?
—Bueno, está tumbado en el suelo y no se mueve, tampoco lleva zapatos.
Mi padre se levantó rápidamente y me pidió que se lo enseñase. Fuimos casi corriendo hasta el sitio y al asomarnos seguía ahí.
—Bah, lo conozco. Este no está muerto sino dormido, más borracho que una cuba. ¡Manuel! ¡¿Qué haces ahí?! —gritó mi padre, casi riéndose.
Entonces el muerto se despertó. Gruñendo. Se levantó y se puso a buscar los zapatos. Los tenía junto a la pared del torrente, por eso yo no los veía. Se los puso y sin decir nada se marchó, sin salir del torrente.
Yo no entendía nada de lo que estaba pasando.
—Papá. ¿qué le pasaba a ese tío?
—¿A ese? Nada, que está harto de la vida y la pasa como puede.
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FUERZA Y PAZ.
