Conversación real de ayer con un cliente:
—Siento que no doy la talla en mi trabajo, Joan.
—¿Y eso?
—No lo sé, tengo esa impresión.
—Pero eso no es suficiente, querido. No me suena a argumento.
—¿Qué quieres decir, Joan?
—Quiero decir que para decir algo tan categórico como «no doy la talla en el trabajo» deberías tener algún tipo de argumento o razón con el que apoyar dicha opinión. Por ejemplo: ¿te ha dicho alguien que no lo haces bien?
—No.
—¿Has visto cómo tu rendimiento ha provocado malos resultados?
—No…
—¿Ha decaído tu rendimiento en el trabajo en los últimos tiempos?
—Creo que no…
—¿Entonces? ¿Por qué crees que no das la talla? Y no me digas «porque tengo esa impresión».
—Pues… no lo sé, Joan. Siempre creo que podría haber alguien mejor que yo haciendo mi trabajo.
—Vaya… pero… ¿lo hay ahora mismo?
—Pues supongo que no.
—Entonces, ¿me equivoco si digo que ahora mismo tú eres el mejor que hay para ese puesto?
—A ver… visto así, supongo que es así. Que no han encontrado a nadie mejor.
—Lo cual significa, en otras palabras, que eres la mejor opción para tu puesto. ¿O no?
—Visto así…
—Y dale, ja, ja, ja. ¿Hay alguna otra forma de verlo?
—Quizá no.
—Creo que no tienes un problema de rendimiento en tu trabajo sino un problema con respecto a los pensamientos que tienes sobre tu rendimiento en el trabajo.
—¿Y qué hago, Joan?
—Trabaja lo mejor que puedas y después deja de machacarte con creencias que son del todo no probadas, carentes de argumentos y que no te hacen ningún bien. Si quieres ser duro contigo mismo, hazlo. Pero siempre con argumentos y críticas verdaderas, razonadas y racionales. ¿Sí?
—Me gusta eso… lo intentaré.
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FUERZA Y PAZ.
