Estaba yo jugando un partido de fútbol. Tenía 16 años.
Había discutido con el árbitro un par de veces, pero nada grave.
Se notaba que no le caía bien, pero nada más. No me había enseñado ni una tarjeta amarilla ni me había advertido tan siquiera.
En una jugada del partido en la que el equipo contrario nos estaba contraatacando, yo bajé a defender a todo correr. El árbitro, también corrió hacia la jugada, y yo estaba a sus espaldas. A unos cinco metros. A mi lado, había dos jugadores del equipo contrario, corriendo también en la misma dirección que la mía y la del árbitro.
Pues bien, estos dos jugadores, que eran del mismo equipo, sí que se llevaban muy mal. Y estaban discutiendo fuerte al tiempo que iban corriendo. Se calentó tan rápido la cosa que uno de ellos le dijo al otro: «Hijo de puta».
Aquí viene el plot twist.
El árbitro, se para en seco y toca el silbato, parando el partido. Se saca una tarjeta roja del bolsillo y… ¡me la saca a mí!
Yo no entendía un carajo. Me quedé de piedra. No sabía ni qué decir, no estaba comprendiendo nada de lo que estaba sucediendo.
Le dije: «¡¡¿¿A mí??!! ¡¿POR QUÉ?!».
Él, literalmente, respondió: «¡Ale, vete a hacer puñetas!». Y me señaló con el brazo la salida del campo.
Unos padres del equipo, me llevaron en volandas porque yo no quería irme del campo. En un momento, mi entrenador saltó al campo a preguntar al árbitro qué había pasado. Este le respondió: «Me ha llamado hijo de puta».
Imagino que ahora ya has pillado lo que pasó.
La lección de esta historia es: estas mierdas a veces pasan. A veces, lo único que puedes hacer es joderte.
118/1000
FUERZA Y PAZ.
