Hoy cumplo 42 años.
Me he despertado temprano, bastante antes del amanecer, y me he puesto a pensar:
Primero, lo típico: esto está pasando muy rápido.
Ya venía siendo así casi desde los 30, y por eso he ido reduciendo todo lo que he podido el número de obligaciones que atiendo con el fin de ralentizar un pelín más el tiempo. Pero no ha funcionado. Esto sigue pasando igual de rápido, o más. ¿Por qué? Porque me lo paso muy bien. Me encanta vivir. Podría estrujar días de 240 horas y una vida de 5000 años. Sin problema. Siempre encontraría algo que me gustase hacer. Así que concluyo que si eres feliz y te gusta vivir, el precio a pagar es que la vida se te pasará volando. Como cuando ves una buena película.
Lo segundo: estoy cambiando.
Estoy soltando esa parte de mí llamada «hiper-individualismo» o «hiper-autosuficiencia». No sé si sabré soltarla del todo porque, al igual que el escorpión de la fábula, al fin y al cabo, «es mi naturaleza», pero el deseo está ahí. Me he pasado toda la vida ayudando a los demás, y lo voy a seguir haciendo, pero creo que voy a permitir que los demás me ayuden a mí también cuando sea posible. Sinceramente, más por ellos que por mí. Porque tiene que ser jodido eso de ser amigo mío y no tener la oportunidad de ayudarme «porque ya me sirvo yo solo». ¿No juego yo un papel fundamental en la vida de los otros con mi ayuda? ¿Qué papel permito yo, entonces, que interpreten los demás conmigo? Quiero ser más humano. Quiero ser más como Jesús, que, pudiendo hacerlo todo él solito, eligió tener apóstoles y ayudantes. Sin necesitar ayuda, la pidió. Y de aquí, lo tercero de este texto.
Lo tercero: Dios, Dios y Dios.
«Joan, es que tú todo te lo llevas al terreno de Dios. Para ti, todo termina ahí».
Así es. Y así tiene que seguir siendo. Porque, para mí, todo empieza y termina en Dios. Porque solo así puedo entender el mundo. Solo así lo entiendo y solo así tiene sentido. Las piezas encajan con Dios. Sin él, no entendería nada y solo vería caos. Y el caos engendraría violencia en mi corazón. Y entonces no podría ser feliz. No podría amar. Y si no pudiese amar, tampoco podría ayudar. Y yo, tal y como me conoces, no existiría.
Dios, siempre en todo pero sobre todo, en el centro. Porque cuando está ahí, todo va mejor.
Es lo que me queda por hacer con y por la gente: hablarles más de Dios. Sí, más aún.
Porque nunca se habla lo suficiente de Dios. Nunca.
Y lo cuarto: sigo teniendo ilusión. Ganas. Muchas ganas.
Esto es vital porque cuando no se tiene, es como si no vivieras.
Yo sé lo que es eso, y es terrible. Un horror.
No sé si se puede vivir sin ilusión. Pero sí sé que yo no puedo. Ni quiero.
Vivir con ganas e ilusión es como vivir dos veces al mismo tiempo.
O vivir el doble, como quieras.
Y nada más. Serán unos 42 bien bonitos.
Y si no, remaremos. Fuerte.
Gracias por todo, Dios.
387/1000
FUERZA Y PAZ.
Y DIOS.




