Una vez, andando por la acera de una calle estrecha, sin más, noté un dolor repentino y lacerante en mi brazo derecho. De repente me lo sentí caliente. Miré y tenía un corte de unos tres o cuatro centímetros en la parte alta del antebrazo, cerca del codo. Era un corte ancho. «Hostias, si ahí cabe un palillo de los gordos», pensé al momento.
No entendía qué había pasado.
«¿Cómo cojones me he hecho esto?», me dije. Miré a mi alrededor y estaba solo. Me puse a mirar las paredes de los edificios y lo encontré. El culpable estaba en una ventana, escondido.
Era un trozo de vidrio roto que sobresalía de una de las persianas de una casa abandonada. Así que no pude ir a echarle la bronca a nadie. Llamé a la Policía Local e informé de lo que pasaba. Me quedé ahí hasta que llegaron para que nadie más resultase herido por el puñetero vidrio.
Luego, en casa, me curé el corte y seguí con mi vida.
A las semanas comenzó a cicatrizar. Vi claramente que me quedaría una marca. Para siempre. «Me enterrarán con esto en el brazo, qué curioso», pensé. Y luego continué con mis cosas.
La vida es un poco así: pasan cosas, duelen un tiempo, te vas curando la herida y, a veces, queda una marca pero que en la mayoría de casos… no impide seguir con tu vida.
Es difícil vivir con una herida.
Pero no con una cicatriz.
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FUERZA Y PAZ.