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Mes: febrero 2018

Puede que la cima no importe tanto.

Un día te propones subir el Everest. Te das dos años para prepararte.

Empiezas a entrenar subiendo montañas más pequeñas, te pones en forma, comes mejor, descansas más y mejor.

Vas, poco a poco, comprando todo el material que necesitas y ahorrando para pagarte el viaje.

Quieres encumbrar. Llegar a lo más alto es lo más importante para ti y durante esos dos años soñarás con ello. Con estar ahí arriba.

Bien, llega el día. Estás a los pies del Everest. Das el primer paso y aterriza delante de ti un helicóptero brutal. El piloto asoma y te dice que si quieres, él te lleva prácticamente a la cima. Lo que quería está a tu alcance, a sólo una palabra. Decir que sí.

Hay dos tipos de personas, lo que cogerían el helicóptero y los que no y subirían solos a sabiendas que puede que no encumbren. ¿Qué tipo de persona eres tú?

PAZ.

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El orgullo del cansancio.

Vivimos en una sociedad cansada mentalmente. O emocionalmente. Sigue habiendo trabajos físicos duros, muy duros, pero cada vez los hay menos. El cansancio físico REAL parece estar en minoría.

Pienso en el programa «El encantador de perros» y recuerdo con asombro cómo muchas veces arreglaba el asunto de un perro problemático poniéndolo a caminar en una cinta hasta que se cansaba. Después de cansarse se tranquilizaba y se echaba un sueño.

Hace un millón de años estuve una larga temporada con un trabajo bastante físico, terminaba molido y con los pies a punto de explotar, pero llegaba la hora de ir a casa y mi felicidad y alivio apenas se contenían en mí. Me tumbaba en el sofá, pero con el mentón alto.

Veo a los niños cuando pueden hacer el loco, correr, saltar y gritar para después convertirse en maestros de la quietud y el silencio. Asombroso.

A veces pensaremos que estamos cansados, pero seguramente será apatía.

Cuando creas que estás cansado, (aunque no te hayas movido de dos metros cuadrados en la mayor parte del día) yo de ti intentaría ponerme a entrenar. O cortar leña con un hacha. O pasear el perro, o mejor, ponerte a correr con él.

CÁNSATE, PERO DE VERDAD. Hasta que, por cojones, te sientas orgulloso de ello.

La apatía se diluye en el movimiento. Y estará dulce. Prometido.

PAZ.

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El Penúltimo Escalón. Parte II.

Sigamos.

La gente es infeliz en su mayoría, y cualquier motivo es bueno para ello. Digo motivo, no excusa, porque la excusa es usada para mentirse a uno mismo sin importar lo alucinante de dicha excusa. Yo las he usado, tú también. Todos lo hemos hecho. Nos hemos mentido sobre nuestra felicidad, o su ausencia.

La felicidad. Nos hemos creído que su consecución está cerca de nosotros, pero que no está completamente bajo nuestro control. En lugar de deshacer este nudo nos concentramos en echar la culpa a aquellos que identificamos como obstructores de nuestra plenitud y felicidad. Y nos convertimos en maestros de este arte cuando llegamos al penúltimo escalón.

La gente es infeliz en su mayoría,
y cualquier motivo es bueno para ello.

En el penúltimo escalón la separación con todo y todos es brutal y salvaje. Sientes que estás solo en el mundo y que los que te rodean son los hacedores de tu desgracia. Que tu amargura y apatía son la resulta de lo que pasa fuera de ti. O de lo que te hacen.

Es una mentira cómoda, como un puñal clavado en la espalda en un lugar insensible. Te irá desangrando aunque no lo notes… aunque sepas que está ahí.

Tu laxo argumentario y vagas excusas refuerzan tu ego en el penúltimo escalón. Eres como la escena típica de película donde quedas colgando de un precipicio. Cuando ese personaje que no sabes si es amigo o el villano de la cinta te ofrece la mano para salvarte mientras dibuja una malévola media sonrisa de lado en la cara. Ya sabes que siempre es el villano al final. Ese villano es tu ego.

Confío más en el suelo que en el ego. Confío más en la tristeza que en el ego. Confío más en el dolor que en la promesa del ego. Tú y el ego sois Bonnie & Clyde, final incorporado.

En el penúltimo escalón te vas a convertir en una máquina de culpar. Una metralleta de auto-mentiras y excusas. Irresponsable y patético.

Ante tal panorama: ¿no es mejor dejarse caer?

Piensa en la siguiente situación: Vives en un primer piso, a dos metros y medio del suelo. Son las 2 de la mañana y hace un frío de cojones. Sales al balcón porque has oído un ruido raro en la calle. Sales medio dormido y sin darte cuenta cierras la puerta corredera que sólo se abre por dentro. Estás encerrado en el balcón, en pijama de algodón y cero grados. No puedes entrar ni aporrear la puerta porque no te van a oír. Empiezas a cagarte en los demonios y santos que conoces. Estás solo. Sólo hay una posibilidad, dejarte caer hasta la calle y tocar el timbre de la puerta principal que sí se oye por toda la casa. Pero te da miedo romperte un tobillo. Sólo hay dos situaciones posibles y dos tipos de persona para cada situación.

¿Qué harías tú? ¿Qué clase de persona eres tú?

El balcón es el penúltimo escalón.

PAZ.

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La verdad está ahí dentro.

Deja de intentar impresionar a los demás. Acabarás siendo un trozo de lo que cada uno espera de ti.

Descubrirás que son insaciables y en tu esfuerzo por seguir terminarás olvidando cómo eres en verdad.

Como el ventrílocuo que con el paso de los años olvidó cómo era su propia voz.

Tenemos mucho por descubrir dentro como para estar tanto tiempo buscando fuera.

Como la humanidad surcando el espacio cuando queda el 94% de los océanos de aquí por explorar… Nunca es tarde. Para nadie.

PAZ.

 

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Libertad y amor.

Adoro a Krishnamurti. No puedo describir la luz que percibo cuando leo su obra o escucho sus conferencias.

Tampoco me atrevo a desarrollar sus pensamientos e ideas igual que no podría pensar en añadir una pincelada más a La Noche Estrellada de Van Gogh.

Así que hoy no hay texto apenas.

Sólo la pretensión y esperanza de que la cita os haga pensar y reflexionar.

Me sobrecoge tanta verdad de una forma tan bonita.

Ya me contáis… PAZ.

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